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2 de octubre de 2007

Las 100 mejores (2/4)

Episodio V: La maleta

Siete horas más tarde, se encendió la radio. Dos tipos aburridos discutían sobre si Brando se había consagrado gracias a Tennessee Williams o si tuvo que esperar tres años más. Les acompañaba de fondo una pieza de Wagner que evocaba cualquier cosa menos un amanecer relajado.

Natalia les hizo callar.

En cualquier otro momento, me habría parecido un debate interesante, pero me reconfortó que volviera el silencio. Me sentía más cansado de lo habitual y recordaba vagamente haberme despertado por la noche, pero lo que realmente me fastidiaba era tener que trabajar en Agosto.

Entré en el baño con los ojos medio cerrados, encendí la ducha y me quedé mirando cómo caía el agua. Era relajante, casi hipnótico. Me duché sin ninguna prisa, con movimientos lentos e imprecisos. Al salir, un inoportuno resbalón terminó de despertarme. Por suerte, mi mano izquierda encontró la pared antes de que yo acabara en el suelo agarrado a la cortina de la ducha.

—Se te ve torpe —dijo Natalia riéndose.

Al parecer, acababa de entrar el baño. Estaba totalmente despeinada y llevaba un artilugio punzante en la mano, así que le respondí con la mejor de las sonrisas. Nunca se sabe...

***

Cuando llegué a la oficina, las ganas de trabajar todavía no habían llegado. Víctor sí.

—Acabo de ordenar mi mesa —me dijo con satisfacción—. He tirado documentos que tenían como seis años.
—Semejante odisea merece un buen desayuno —le contesté mientras llamaba al ascensor—. Tengo un hambre que me comería los zapatos.

Para no perder la costumbre, bajamos al bar de siempre, tomamos lo de siempre y hablamos de la última película que habíamos visto, como solíamos hacer siempre.

Cuando volvimos al trabajo, también nos esperaba lo de siempre. Me senté frente al ordenador y miré el reloj. Marcaba las 10.35. A los cinco minutos, lo volví a mirar. El tiempo avanzaba muy lentamente y me sentía un poco solo. A las 12.15 la sensación se acabó. Una versión electrónica de la quinta de Beethoven sonaba en mi móvil. En la pantalla ponía "Mi casa", así que debía de ser Natalia. Descolgué y pronuncié un par de vocales que intentaban parecerse a un saludo.

—Hola. —Era ella—. ¿Qué tal la mañana? ¿Mucho ambiente?
—En absoluto. La vida por aquí consiste en rutina y después más rutina.

A continuación me habló de la maleta por primera vez.

—Te llamaba para decirte que he encontrado una maleta abandonada en nuestro rellano. Primero pensé que podría ser de los vecinos, pero se supone que están de vacaciones en Los Ángeles. Ya sabes, visitando el barrio chino o de compras por Sunset Boulevard o…
—Sí, sí —le corté—. ¿Y es una maleta grande?
—Bastante... —respondió pensativa—. Y da un poco de mal rollo, porque pesa bastante y parece que se abre con una clave.
—Igual la vecina se ha cargado a su marido con la ayuda de su amante para cobrar la póliza del seguro. Últimamente la he estado espiando desde la ventana del salón y parece que tiene contactos con la mafia.
—Seguramente será eso. Ya me voy a trabajar mucho más tranquila. —Se notaba que mi respuesta no había sido suficiente para zanjar el tema—. En todo caso, Sr. Corleone, si puedes, échale un vistazo cuando vengas.

El día había comenzado bastante aburrido y me gustaba la idea de emular a Sam Spade, así que acepté el caso encantado y nos despedimos hasta la noche. Después de colgar, me puse en la posición de pensar durante un rato. No había querido decirle a Natalia la primera idea que me había venido a la cabeza al pensar en esa maleta. Había hecho bien. Era absurdo. No tenía ningún sentido.

Pero no podía dejar de pensar en ello…

***

Después de comer, una mezcla de curiosidad e impaciencia me dominó. Tenía que ir a casa y ver esa maleta. Entré en el coche y me propuse no hacer más conjeturas ridículas. No lo conseguí. ¿Cuánto debía pesar ese animal? ¿Diez quilos? ¿Quince? Para no pensar más, encendí la radio y puse un CD de bandas sonoras a todo volumen. Dos notas resonaron en el habitáculo dibujando un semitono aterrador… que fue suficiente para hacerme recaer. ¿Y cómo iba a abrir la maleta? Natalia había hablado de una clave.

Entré en el aparcamiento del edificio atropelladamente, sin esperar a que la pesada puerta de la entrada terminara de abrirse. Seguramente faltó poco para chocar, pero no me paré a mirarlo. Tenía prisa. Aparqué el coche un poco peor que de costumbre y me dirigí precipitadamente hacia el ascensor. Ocupado. Decidí subir por la escalera. Cuando no había subido ni dos pisos la cabeza comenzó a darme vueltas. Me detuve un momento apoyándome en la barandilla. La escalera ascendía formando una espiral que se movía a mi alrededor. Estaba mareado. Respiré profundamente un par de veces y continué.