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13 de junio de 2012

La última carta perdida

En alguna de mis entradas recientes he tratado de explicar viejas prácticas y conceptos inventados en el siglo XIX que, de alguna forma, han llegado a nuestros días (como los navegadores para dispositivos handheld o el argot de los mensajes de correo). Hoy explicaré una historia parecida que provocó el nacimiento de los sellos postales.

La historia de la carta vacía

En 1835, el envío de una carta mediante el servicio de correos británico lo tenía que pagar el destinatario en función del número de kilómetros de distancia recorridos. Según explica la leyenda y la Wikipedia, ese año...

...el profesor inglés Rowland Hill, que viajaba por Escocia se aprestó a descansar en una posada. Mientras se calentaba en la chimenea vio cómo el cartero de la zona entraba en la casa y entregaba una carta a la posadera. Ella tomó la carta en sus manos, la examinó atentamente y la devolvió al cartero alegando:

—Como somos bastante pobres no podemos pagar el importe de la carta, por lo que le ruego que la devuelva al remitente.

Al oír aquello, surgió en el corazón de Hill un impulso de generosidad y movido por ese impulso ofreció al cartero el importe de la misiva, pues no quería que por falta de dinero se quedara la buena mujer sin saber las noticias que le pudieran llegar en dicha carta. El cartero cobró la media corona que costaba, y entregó la carta a la posadera, saliendo a continuación para seguir su recorrido.

La posadera recogió la carta y la dejó sobre una mesa sin preocuparse en absoluto de su contenido. Luego se volvió al generoso huésped y le dijo con amabilidad:

—Señor, le agradezco de veras el detalle que ha tenido de pagar el importe de la carta. Soy pobre, pero no tanto como para no poder pagar el coste de la misma. Si no lo hice, fue porque dentro no hay nada escrito, sólo la dirección. Mi familia vive a mucha distancia y para saber que estamos bien nos escribimos cartas, pero teniendo cuidado de que cada línea de la dirección esté escrita por diferente mano. Si aparece la letra de todos, significa que todos están bien. Una vez examinada la dirección de la carta la devolvemos al cartero diciendo que no podemos pagarla y así tenemos noticias unos de otros sin que nos cueste un penique.

Sello Penny Black de la Reina Victoria

Como resultado de aquel suceso (si es que realmente sucedió), Rowland Hill propuso el franqueo previo de la correspondencia y el cobro del envío al remitente en función del peso de la carta.

De esta manera, en 1840 nació el primer sello postal: el Penny Black de la Reina Victoria.

Y con él murió esa ingeniosa práctica que permitía comunicarse a distancia sin necesidad de pagar ni un penique...

Epílogo

Bueno... ¿realmente murió?

Tal y como escribí recientemente en aquella entrada sobre el proceso creativo, la transformación y la combinación son dos de los pilares básicos de la creatividad. En el fondo, creo que esa práctica ha llegado hasta nuestros días transformada en las omnipresentes llamadas perdidas.